jueves, enero 28, 2010

LOS MAESTROS RURALES


a historia de los maestros de escuelas primarias, tiene en nuestro país un inicio, cuyo punto de partida lo marca Domingo Faustino Sarmiento, el gran sanjuanino que pasó a la historia como educador por excelencia, aunque se haya destacado también como periodista, escritor, historiador, militar y político de fuste. Las escuelas por el fundadas en realidad no fueron muchas en la amplia extensión del país, en cuanto a número.

La importancia de su obra radica en la creación de las bases legales que orientaron la educación común en la Argentina, basándose en hechos reales y en un objetivo claramente percibido y fijado. La ignorancia fue y es el tema de todos los absolutismos y tiranías, siendo la cultura, la educación y el conocimiento, las armas más eficaces para lograr la plena libertad del individuo.

Esta historia refleja al maestro rural innumerable del ayer y del hoy, que da su vida a la profesión más honorable de todas.

Estos conceptos los escuchó el maestro (uno de tantos) desde que ingresara a una desconocida escuelita del interior de Salta. No olvidaría nunca las mañanas heladas, cuando marchaba con sus útiles pobres, rompiendo con sus alpargatas de niño la escarcha fina que la helada nocturna había puesto como un marco de cristal en cada brizna de los pastos que bordeaban el callejón, lleno de rumores, que terminaba en la puerta de la casa pobre de adobe, donde estaba la maestra que enseñaba las primeras letras. El libro "El Nene", contenía el secreto de las primeras letras que fue aprendiendo, al principio penosamente y después con creciente interés. Las primeras lecturas libres que hizo, fueron recortes de periódicos con que en el almacén solían envolver las mercaderías que compraba enviado por su madre. Así se enteró de cosas interesantes que sucedían en distintas partes del mundo. Cuando terminó la escuela sentía deseos de seguir aprendiendo. Se daba cuenta que había llegado a un umbral de la educación y que debía seguir adelante. Suplicando, con los ojos tristes y el gesto anhelante, un día recibió la respuesta de la madre. Si podía seguir estudiando, pero solamente en la escuela Normal de la ciudad de Salta, porque no había asiento en el Colegio Nacional y los otros colegios eran privados y caros.

La timidez lo enmudeció en el primer día de clase, y lo abrumaba la presencia de tantas compañeritas jóvenes, bonitas con perfumes adolescentes, que lo ruborizaban y hacían bajar la cabeza en los recreos bulliciosos, donde solía permanecer solo y callado en un alejado rincón del patio.

Estudiaba todo el día. Se alojaba lejos de la escuela en casa de una tía que había aceptado tenerlo de pensionista. La comida no era muy abundante, pero si era sabrosa, y el trato amable, aunque carente de la ternura maternal a que estaba acostumbrado. A medida que pasaban los años decaía su timidez y su dedicación al estudio rendía sus frutos. Comprendía no solamente lo que estudiaba sino como podría aplicar estos conocimientos.

Por fin llegó el día de la graduación. Regresó a la casa materna con su título de maestro. Había logrado la meta que soñara cuando asistía a las aulas de piso de tierra de la humilde escuelita de su pueblo. Ahora se proponía ejercer como maestro. Entonces conoció los manejos de los cargos educacionales. Solamente podría ir a alguna escuela donde llegar era poco menos que imposible. No le importó y aceptó viajar a un desconocido lugar ubicado en plena zona chaqueña.

El viaje del tramo final lo hizo a lomo de mula. Era la única forma de arribar a destino. El edificio donde funcionaba la escuela tenía el techo caído, y el adobe iba siendo erosionado por las lluvias. No se arredró. Recordó todo lo que necesitaba un niño para abrirse paso en la vida, y se dispuso a cumplir con su cometido. Habló con la gente del lugar. Unos troncos colocados como bancos comenzaron a permitir la concurrencia de alumnos. Felizmente había llegado provisto de tizas, lápices, borradores, cuadernos y pizarras. Los niños aprendían poco a poco.

Al año siguiente atendía dos grados, luego de haber viajado a la ciudad. Al tercer año estaba ya acostumbrado al lugar, y el vecindario lo ayudaba en trabajos para mejorar la escuela, o para dar de comer a los niños que llegaban desde lejos.

Hizo las veces de enfermero y hasta tuvo que atender un parto. Cuando tenía ya los años de trabajo para jubilarse, se dio cuenta que ya no podría salir de allí, donde sus alumnos, hombres ya, habían formado un pueblo próspero, merced a la educación que habían recibido. Un atardecer se dio cuenta que estaba viejo, pobre y vencido. Pero una amplia sonrisa le llenó la cara porque había encontrado el motivo de vivir, y dejaba su existencia en esa obra que ya no se perdería jamás.

Fuente: "Crónica del Noa" -27/05/1982


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