jueves, octubre 14, 2010

SAMUEL BECKETT

(*) LUIS DISANTE paraMACONDO

.
Beckett se pasaba las mañanas en la cama,
observaba pliegues, cristales, manchas de la nada.
La más afortunada de todas sus amantes, Peggy Guggenheim,
le susurraba al oído: "escritor frustrado".
Él nada, un tipo raro, esponjoso.
Por las tardes tocaba el timbre en la casa de su amigo
James
donde atendía Lucía Joyce.
"Vengo a ver a tu padre, no a ti".
La hechizada Lucía despedía llamas de su boca,
pero se enamoró perdidamente de él,
lujurioso y críptico,
jamás volvió a la casa "Ulises".
Comenzó a beber un whiski tras otro en el "Cluny"
y convidaba a quienes le leyeran "La Divina Comedia"
Su habitación del boulevard Saint Jacques ofrecía
un dejo de espera,
vasos rotos y un gentilicio irlandés,
el retrato de su esposa Suzanne,
nada más.
No había muebles, ni correspondencia,
ni siquiera vacío.
En un papel arrugado de su chaqueta una frase:
"La caída de un ángel tiene el mismo valor estético que la caída de una hoja".
En el cieloraso impreso con carbón:
"Godot".
.

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