domingo, agosto 07, 2011

EL SACO DE PANA VERDE .... PARTE I


Por  ANA PAULA GONZALEZ SUAREZ

Salió del bar algo violentado por la discusión del próximo día; se marchó caminando con el paso apretado, tan así que pretendía con ello dejar delante el episodio rápidamente. Buscaba algo en los bolsillos de su saco de pana verde, se tocaba el cuerpo, se lo palpaba insistentemente como si éste le fuera a responder.

Balbuceando groserías, con la cabeza gacha dobló la esquina, jamás lo admitiría pero miraba al piso porque no tenía más alternativa. Unos cuantos pasos más y las memorias tendieron a evanescerse junto a las proyecciones. No sabía muy bien de donde había llegado, ni por qué iba desde donde venía, pero su minúsculo interés por el asunto dejaba entrever una situación poco vital.

Muy prolijo  caballero, así decía de sí. Un caballero definido casi con la exactitud de la real academia española de lenguas. Y si digo más no exagero, pues fueron siempre sus palabras y no las mías, cuando las líneas de conducta de todo hombre que aspire a tal estatus deben ser impecables. Como todo caballero, protocolo y ceremonial eran signo distintivo de su estirpe.

Sin pausa en el camino que desandaba, apreció de pronto la oscuridad que sucede al día, y se encontró sólo, en un viaje ya pricipiado donde la espera simplemente era el imposible retorno. Su cara se desencajó; brotó brutal una idea, tormentosa para cualquier caballero, no podía recordar si al marchar se había despedido o contrariamente lo despidieron a él.

Sabía que en casa todo auguraba estar como debió. Repasó mentalmente los días anteriores, probablemente para lograr la paz mental que no conciliaba. Los venideros no le abrían espacio. Pensaba:

- …siempre somos hombres muertos en el péndulo, esa muerte progresiva fue lo único por mí creado; me profiere al oído una ilusión de lo que soy para imaginarme existiendo. Pero si en verdad soy alguna cosa que no sea el tiempo, la razón de la manipulación en este despojo se me escapa de las manos. La palabra en, mis algunas ideas, tuvo vida propia y por ello ahora me contradigo abiertamente:

-¡Es mentira!... ¡Ha sido la palabra quien me hablará a mí y nos habló a todos aquí! y no tengo nada más que decir sobre ello (como sabemos, ese fue el origen de la violencia)

Debía ser entrada la madrugada, y comenzó a latir una sospecha. Como en la cadena sucesiva de consecuencias, aquello que buscaba en principio era lo que había olvidado, e insistiendo sobre la estúpida legalidad de la vida apareció a la sombra su dependiente desdicha. No traía bastón, ni sombrero, ni reloj.

Tuvo un sueño la noche anterior, o quizás soñaba que lo tendría, y como sucede de ordinario muy bien no recordaba. Sin pausa, al compás del intento frustrado de capturar alguna vaga imagen, aquella tarea se interrumpió súbitamente, al darse cuenta nuevamente, de su incomprendido viaje.

Aventurado inconsciente el paseo se le había vuelto destino, y todo cuanto ocupaba la mente del caminante dejó lugar a la intrépida preocupación. Un caballero que se digne de tal tiene ceñido el traje de la puntualidad, acaecía el segundo dilema que siempre reblandece al original:

Puede pasarse por alto una vez el no recordar si al marchar se había despedido o contrariamente lo despidieron a él... ¿Pero que clase de caballero acude a la cita y ha olvidado el reloj? Menudo problema, no hay variedad de caballeros.

Hartos reproches se hizo, mientras  buscaba el reloj su mano en vano, era de lo más insólito haber cometido semejante fallido y despertar al chiste a mitad del viaje o del delirio. Una y otra vez se repetía, haciendo las veces de penitencia, que este tipo de deslices nunca volverían a suceder. Y lo hizo en serio.

Y pasó, pasó algo así como una hora y media entre el confuso episodio del sueño, la despedida  y el olvido del reloj, su marcha era incesante aunque no consciente. Tanto fue que pronto se descubrió sólo (nuevamente para mi, pero no para él) en medio de lo que parecía ser como un bosque, y digo parecía porque la espesura malintencionada de la forestación apenas si dejaba caer pequeños hilos de luz de luna sobre aquel hueco.

Sin mayores preámbulos decidió entregarse a la suerte de su apuro y por entonces como nadie lo apuraba, el tiempo pareció perder su sentido. La reflexión no se hizo esperar, y si entonces el caballero sólo, sin memoria onírica, sin máquina péndola, ni bastón, ni sombrero,  ni compañía, había perdido el tiempo: ¿qué propósito tenía entonces, asistir a la cita?

Es  bien cierto que todo viaje invita al pensamiento a su más cómodo sillón, es un equipaje liviano que entretiene ( y léalo  bien por favor) cuando los ojos dejan de ver a los costados y miran hacia adelante, miran mirando siempre lo desconocido y quedan casi ciegos, se vuelven automáticos y el paisaje se transforma en una película insípida por momentos y maravillosa en otros. En fin,yo decía que comenzó a hablar consigo mismo.

Se preguntó estrofa por estrofa de aquel discurso de entrada que ahora, forzosamente debería recitar si quería mantener cabal su caballerosidad; alguna excusa razonable, no demasiado compleja ni falsa, pero no tan vergonzosa  y simple como lo real. Ensayaba haciendo ajustes a las palabras del alegato y aunque al principio le sonaba convincente pronto empezó a dudar. Si lo pensaba un rato más, abría un paréntesis y se decía de la imposibilidad de convencerse a uno mismo, asentía en un gesto la idea, pero  igualmente volvía a ensayar. Uno siempre quiere mentirse.

Tanto gastar el sentido con volúmen de la letra , que la caminata en un momento  pudo levantar la voz y le hablaba de los sitios donde hubo de estar algún día, de aquellos que frecuentó y del presente suelo que lo desconocía. No obstante le hablaba tanto que por momentos la melodía de sus expresiones servían al entorno y el paisaje, era fondo y era foco, era murmullo y grito, era extraño; y lo más extraño es que ya no distinguía si era verdad; porque claro… se decía también de la imposibilidad de creerle algo al otro . Así por un instante (creo que fue sospechando) quitó la mirada del frente y vio el horror en el suelo, era evidente que iba, pero no sabía cómo.

He ahí la pregunta: ¿qué caminaba?

Porque en aras de la verdad importa poco de donde o hacia donde, los eventuales son circunstancias que hacen más llevadero el tren de la rutina, y el con quién, con cuantos y porqué son selecciones que definen  el paso, sus ritmos y algunos posibles destinos; pero el qué, el qué es una disyuntiva que nunca especuló en afrontar. Sorprendido para peor vociferaba:

-¿De cuantos más he de cuidarme para no caer en el descuido? ¡Malditos astutos! Aunque sea sólo por este instante no seré presa dócil de sus artimañas (Proclamaba al aire). Ríanse mientras soy un triste títere ignorante e imposibilitado, y de dentro me mandan y de fuera me demandan no se qué. Acudan al olvido, y confúndanme pronto, pues mientras yo despierte les señalaré la miseria de su existencia: ¡No son, nada, sino a través mío! Y no les diré  nada más sobre esto…

Así comenzó esta historia.

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