sábado, agosto 13, 2011

SINFONÍA INCONCLUSA


Por Ale para MACONDO

Al Príncipe se le iluminan los ojos cuando recuerda cómo conoció a Delfina, una señora muy elegante que lo llevó a vivir a su casa convencida de que el maestro del tango zen era un excéntrico y talentoso músico clásico, pasando por un bloqueo creativo.

En su momento más oscuro, El Príncipe vagaba por las calles de San Isidro pidiendo dinero. Lo que conseguía lo transformaba inmediatamente en vino. Su única consigna era que las botellas costaran por lo menos quince dólares, al cambio el día.

-Pobre puede ser, pero de gustos refinados-, solía decir.

El asunto es que un día se quedó dormido en el jardín de una mansión habitada por una mujer que -después de haber experimentado todos los placeres disponibles para quien puede pagar por ellos- buscaba algo más, algo distinto. 


Esta dama no estaba tan mal como para pagar por comer un asado junto a un grupo de cartoneros, pero tenía ganas de algo brutal, apasionado. 


Al salir de su casa vio al coreógrafo del silencio tirado en el piso, con la boca abierta y la ropa sucia. 

El pelo del Príncipe, largo y negro, parecía una autopista para piojos, ya que nunca tuvo canas ni calvicie debido a su costumbre de no preocuparse jamás por nada.

Lo despertó y le dijo: “Señor, me parece que usted es un músico que sufre por amor. Tiene finos rasgos griegos pero luce como un pordiosero. Seguramente, a causa de un gran desengaño, debe estar pasando por un bloqueo creativo”. 




-Estimada señora, lo mío es más bien un bloqueo existencial-, replicó el artesano de la síncopa, que aún en la ruina no había perdido sus modales.

Esto la convenció de que él era el músico que ella había visto en sus sueños. Sin preguntarle nada, lo bañó, lo vistió y alimentó. Le destinó una habitación con un piano de cola, para que compusiera, y lo proveyó de hojas pentagramadas, lápices y gomas de borrar, por las dudas de que se equivocara.

Cada vez que ella intuía en los ojos del Príncipe un destello de deseo, lo poseía salvajemente, insultándolo en distintas lenguas para luego susurrarle al oído: “ya va a volver la inspiración, mi amor, ya va a volver, no tengas miedo, todo va a estar bien”.


Al cabo de seis meses, el maestro del tango zen comenzó a aburrirse. Tomó por primera vez un lápiz y le escribió una carta: “Querida Delfina, tu generosidad no tiene límites, pero me temo que estoy abusando de ella. Como verás, las notas no han surgido y me parece que no van a surgir. Te entrego esta sinfonía inconclusa como símbolo de mi partida. Debo volver al camino. Tu compañía fue un oasis en el desierto de mi soledad. No tengo palabras para agradecerte estos meses maravillosos. Tampoco el coraje suficiente para mirarte a los ojos y decirte que no voy a volver. Te quiero”.

Al ganar la calle, una brisa fresca le acarició el rostro. Una dosis de melancolía le dio profundidad a la tremenda alegría que experimentaba por haber recuperado su libertad.

-Vuelvo al bosque-, pensó.

Estaba contento de verdad. 

FUENTE :http://perdidosenbuenosaires.blogspot.com/

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