martes, octubre 11, 2011

EL CANTANTE, LA DAMA Y SU AMANTE




de Federico Gastón Waissmann Parisi,



Cantando, estaba cantando

poesías escritas a mis amantes

que no eran ya regalos

sino la búsqueda de una imagen,

en mis oyentes espejada,

que movilizara todos mis males.



Descubrí el deseo.



En el momento en que se hace carne,

cortando la piel sobre una herida,

sólo con palabras lacerantes.

La sangre es escupida, se saliva

para continuar el cantante

con sus palabras, su fruto prohibido.



Descubrí el amor.



El mundo de repente dejó de girar,

quedando detenido sobre su eje,

con mi voz como una suave brisa

que comenzó a correr sobre su frente,

encontrando la perfección de sus líneas

como el tacto de una flor endeble.



Descubrí que era un hombre.



La dama se acercó a verme

con sus ojos a punto de estallar

al modo de un fruto supurante que,

frente al cambio de temporada,

derrama lágrimas temiendo la muerte

y desde aquí olían a manzanas.



Descubrí algo hermoso de ver.



Mi canción fue la mentira que buscaba,

una forma de decir verdades

que allí, en medio de una plaza,

eran creídas de a mitades

y poco a poco así llenadas

de otras mentiras similares.



Descubrí algo doloroso de hacer.



Miré entonces asombrado,

bajando la mirada hasta sus manos,

para ver si el jugo derramado

era la causa de un olor tan claro

que a mí llegaba desde lejano,

insoportablemente claro.



Descubrí algo doloroso de ser.



Quería acercarme a ella

como a una creación humana

de las más hermosas, tan bella

como el ballet, la piel bronceada

o un vestido ceñido en las caderas,

que duelen en las partes menos deseadas.



Descubrí el hombre a sus espaldas.



Con una camisa arrugada

comenzó a mirarme nervioso.

Sin cerrarse, sus párpados temblaban

y mientras las muecas en su rostro

como nudillos me golpeaban

sin ningún remordimiento, solos.



Descubrí un amor enfermo.



No por eso dejé de desearla.

Al contrario, la muñeca retorcida,

el infortunio de la dama,

el dolor en sus lágrimas

y el lastimar las cosas amadas

calmaban mi deseo suicida.



Descubrí el dolor.



Mientras la dama caía al piso

el amante tiraba de sus cabellos

al modo de un hambriento

al tocar la fruta podrida el suelo,

sin saberla alimento o peligro,

a mordisco decide correr el riesgo

tirando del putrefacto tallo.



Descubrí mi voz apagarse.



Rogando a su dios por un minuto más,

la dama rasguñaba a su amante.

pero su codo le negó el aire ya,

y su cuerpo cayó muerto delante.

Pero el dolor sobrevivió y va

con el viento a todas partes.



Descubrí el amor que mata.




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