martes, enero 17, 2012

PRE - HISTORIA DE UNOS TEXTOS INVISIBLES



 Por  Ileana Ruiz
Paraguaná, 29 diciembre 2011


Pintura Rupestre. Cuevas de Altamira


Amanda. Michelangeli, era más largo el apellido que toda Amanda, cuarta hija de Maruja y Fabián. Llegó a mi vida a sus dos años y piquito. Ella misma parecía un piquito de tan chiquita que era toda salvo sus ojos. Entró al salón de preescolar acompañada por toda la familia y a la hora de la despedida las lágrimas empezaron a llenarlos como pozos sin que jamás los desbordaran. Creí que a mí se me partiría el corazón al llevarla cargada a ver unas fotos (a ver si ella veía porque lo que era yo tenía la vista nublada por completo) mientras la familia se marchaba. Al cabo de un año escolar la directora debía evaluar su motricidad gruesa y fina para decidir su cambio de nivel. 

En preescolar, el caminar sobre las distintas piezas de troncos o cauchos, sorteando en equilibrio la dificultad de desniveles y variadas formas es un ejercicio obligatorio tal y como aprobar matemáticas o lengua lo es en la escuela primaria. Amanda sabía dibujar conservando los márgenes pero en el parque se mostraba insegura. Cuando la subí al primer obstáculo, Amanda me miró con terror y sus pozos visuales volvieron a anegarse al elevarse el nivel de las aguas internas. Saqué mi bolígrafo y se lo di: Mandy, agárralo bien duro y camina. Las lágrimas desaparecieron tragadas por el sumidero del alma. Amanda se aferró al bolígrafo como si fuese lo más seguro y estable sobre la faz de la tierra y se desplazó sin tropiezos por la hilera zigzagueante. Al final de la misma movió el lapicero como si se tratara de una batuta y, sonriendo, saltó al piso. Por si quedaba algún atisbo de duda acerca de su madurez motora, vino hacia mí saltando y, con una gran reverencia, me devolvió el bolígrafo.


Albert Anker (pintor suizo, 1831-1910): Un niño escribiendo (1875)

Alfredo. Fue mi compinche en la infancia. No tenía inconveniente en andar a cuatro patas por toda la casa llevándome en su espalda cuando jugábamos a Clarence, el león bizco deDaktari. También montaba en triciclo y jalaba un mecate del cual yo me sostenía haciendo piruetas con patines imaginándome que esquiaba en agua o me enseñaba a lanzarme y barrerme quieta al robarme una base. Se comía sin protesta mis experimentos culinarios y con la misma paciencia me explicaba los acertijos matemáticos de El hombre que calculaba. Desde niño es el hombre más inteligente y estudioso que conozco. 

Pero no le gusta escribir nada. Sufre, de verdad sufre cuando debe redactar algo. Cuando yo estaba en cuarto grado y él en tercero aprendí a falsificarle la letra y le hacía la tarea. En verdad, él la hacía: leía las instrucciones, me explicaba qué era lo que tenía que hacer, me daba las orientaciones generales y me dejaba escribiendo mientras él se iba a leer. Por ese tiempo mi papá me regaló un bolígrafo Paper Mate, todo un lujo para una chama de barrio como yo pese a que aún no se había inmortalizado como herramienta de limpieza utilizado para barrer por María Antonia (aquella loca de remate que según Mujica debe ser prima hermana mía o algo así). Con ese bolígrafo hacía mis tareas y, por supuesto, las de Alfredo. Pero llegaron los exámenes finales y Alfredo estaba nerviosísimo porque si bien había estudiado mucho durante todo el año, no había escrito nada.

 Esa mañana, antes del ritual de despedida (los hermanos y hermanas Ruiz nos abrazamos y besamos diciéndonos algo bonito y, como somos nueve y muy parecidos entre todos y todas y, para colmo, en el procedimiento a veces se nos olvida si ya nos despedimos de alguien y volvemos a despedirnos no importa si está repetido, mis panas ante algo cercano a la eternidad dicen que es más largo que despedida de Ruiz), lo tomé por los hombros y entregándole el bolígrafo le dije: Mira, chamín. Este es un bolígrafo mágico: tú nada más lo pones en la hoja de examen y te concentras y él se acuerda de todo lo que yo escribí. Les puedo jurar que la magia existe: Alfredo sacó veinte puntos en todas las materias. Hoy en día cuando debe presentar algún informe sobre la situación de derechos humanos en Venezuela ante algún Comité Internacional me pregunta: Ile, ¿no tendrás algún bolígrafo que me prestes?

Boris. Es mi hermano incomprensible. Exquisito para todo pero igualmente contradictoriamente abandonado. Tiene una vajilla de colores que combina con la carpa cuando se va de campamento y una alfombrita que coloca a la entrada de la misma para limpiarse la tierra de los zapatos al entrar pero luego se distrae tratando de atrapar en la boca cotufas enmantequilladas dejando un reguero de maíz tostado en aceite por todos lados; se compra todas las cremas y menjunjes de la cosmetología moderna y se las pone cada una en la parte apropiada del cuerpo que no ha bañado con agua dulce en diecisiete días al apostar conmigo a quién era capaz de permanecer salado por más tiempo durante unas vacaciones en las que nos dio por recorrer todas las playas del oriente del país (yo gané porque en el día dieciocho él sucumbió ante unos surtidores que regaban el césped de una casa en Güiria mientras en cambio yo me duché fue a los veintidós, en Caripe del Guácharo para quitarme el guano de la cueva); escucha música clásica y vallenato; se viste con trajes hipercarísimos con todo y corbata con zapatos de goma en el último estado de lo rosqueado. 

Cuando vivía en estaba pendiente de descubrir sitios nuevos para llevarme a comer desde perros calientes asquerositos hasta la más sofisticada comida mongolesa. Una vez estábamos comiendo conejo al salmorejo y en la mesa de al lado a un niño se le quedó atorada una semilla de durazno en la garganta. Pese a todos los esfuerzos que hacían los padres y Boris, la fulana pepa se negaba a salir. El chamo se estaba asfixiando. No sé de dónde me vino la idea. Saqué mi bolígrafo (el mágico no, otro), lo abrí por la mitad y dejando solo el cilindro de la punta se lo tendí a Boris: hazle una traqueotomía. Boris ni me miró: sujetó al niño entre sus rodillas inmovilizándolo y le clavó el tubo en la garganta. Un sonido milagroso del aire entrando y saliendo de sus pulmones se impuso sobre el griterío. Llegó una ambulancia y los médicos felicitaron a Boris por el procedimiento. Tranquilos- dijo- soy pediatra. Fue, se lavó las manos y se sentó a terminar su conejo.

Karibe. Caminábamos a la orilla de la playa dejando que la espuma de las olas jugara con nuestros pies. No me atrevo a escribir ni una letra en presencia del poeta Karibe. Basta que esté conmigo en una habitación para que yo me inhiba por completo. El texto terminado sí se lo muestro, pero el proceso de elaboración no. A nadie. Es que hay unos textos invisibles- le dije esa tarde- que no se pueden descifrar. Están presentes en cada escrito, danzan a su alrededor, susurran entre líneas, pareciera que quieren asomarse entre los signos de puntuación, son celajes de luna nueva que mengua en pleno creciente. ¿Cómo te explico? No se puede. Aunque ¿de cuántos espantos nos hemos salvado, de cuántas sinrazones nos hemos librado, cuántos oráculos de muerte hemos exorcizado al aferrarnos con furia o pasión a un débil bolígrafo? Esta espuma que parece efímera es el resumen del impetuoso mar. El poeta se detuvo y me pidió: Escríbelo. Escribe esos textos invisibles.

Ileana. Frente a la Bahía de Amuay saco mi bolígrafo desechable y mi libreta del Segundo Aniversario de Todosadentro (todavía me queda una). Escribirlos. Esos textos invisibles son ahora mi tarea.

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