jueves, marzo 22, 2012

LA TEMERIDAD ESLAVA

GASTON SEGURA 










Es tan conocido que las expediciones comerciales extranjeras sienten una curiosidad de parvulario por los espectáculos castizos —a saber: los toros y las zambras flamencas— que, por la calle, circula un puñado de anécdotas a cuál más rocambolesca y ejemplar. Naturalmente, la palma se la llevan siempre los japoneses que, con su escrupulosa y contenida manera de presenciarlos, los elevan a poco menos que a ceremonias académicas. 

No obstante, desde la caída del Muro, la Globalización y demás jalones de la reciente historia, por aquí recibimos, amén de yanquis, alemanes y nipones, a chinos, vietnamitas, indios y hasta rusos; y si los primeros —salvo que los metas en el casino de Torrelodones— son el colmo de la opacidad, los últimos, los eslavos, son de una temeridad de susto.
Para muestra, lo de este fin de semana con un cliente suyo —no del mismo Moscú, sino de muy cerquita—, que se empeñó en vivir una capea. Y ya me tiene a mí —a quién, con el mayor de los desparpajos, ella le endosó el encargo— buscando una ganadería para montar el sarao —comida campera inclusive— y, eso sí, a puerta cerrada y sin reparar en gastos.
En fin que el domingo, envueltos por esta primavera anticipada que nos mima, estábamos en mitad del coso el mayoral y servidor, intentando inculcarle a don Igor las nociones básicas del pase natural y su correspondencia con el de pecho. Ella, por supuesto, vigilaba desde el burladero cualquier percance. Cuando ya el millonario pareció haber entendido todo, soltamos la becerra. El mayoral le metió un par de lances de recibo y se la dejó en suertes, y para allá que fue el ruso predispuesto a recibirla con un ayudado por alto, que no fue sino un mal mantazo, pero cuando se terció para el natural, grité:
—¡Lo coge!—Y, zas, don Igor por las nubes.
El costalazo sonó tan horrible que ella, al presentir que acababa de hacerse también trizas su contrato con Moscú, se me desvaneció encima.
Pero no hubo de qué alarmarse, porque cuando don Igor salió del dispensario —eso sí, entre muletas y con pinta de Boris Karloff enLa momia—, estaba dispuesto a montar capeas desde San Petersburgo a Vladivostok, comprar un par de camadas de erales y llevarnos al mayoral y a mí como “monitores”, bajo un contrato que ya lo quisiera para sí Cristiano Ronaldo.
—¿No irás a aceptar? —me susurró intimidada.
—Mujer, ni se me ocurre.
Pero, verán, me acabo de probar la montera que me dedicó don Rafael de Paula y, como no quedo del todo mal, estoy pensando si mi respuesta del domingo no sería un tanto precipitada.


FUENTE :http://www.loscuadernosdeperezayausencias.blogspot.com.ar/

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