sábado, abril 07, 2012

ENTRELUZ

@JUANO RAVE




La mirla, el ruiseñor, hay un aire crispado, volátil, enternecedor; van volando y haciendo ocaso, entre canto y chillido, entre falacia y algoritmo hacen sentir a Don Pedro que la bahía seguía siendo sus recuerdos. A lo lejos, el sentir grisáceo eran sus días de bacalao, y las noches arruinadas en lucecitas pilluelas empujaban sus pasos hacía el despertar desnudo. Con las manos en la arena, el alma en los harapos y tres acordeones musitando, se extendía una alabanza frustrada por no haber logrado hombría con María, la hembra sedosa que adornaba su cuerpo con frutales y los ojos -si, los ojos- con candela.

Me despierto en la tina, ¡esto es bukowskiano! Acota y exclama la vocecita gris que ayer me forzaba a expiar canuto, levantar candelabros, bailar valse con los ancianos recónditos y beber guarapo como si fuese el día del juicio final, no en el que viene Dios, sino en el que se acaba todo, y todo significa nada, y nada significa momento, es decir, momento en el que no hay música, momento en el que las pinturas se vuelven de barroco y el aire ya se siente metalizado y con olor a corrosión. –Prosigo-, decía la trémula María (la voz, afeminada y avejentada) que esto es bukowskiano, según ella porque la tina no es blanca, es de color marfilado, la champagne reboza los bordes –y la conciencia- la luz es tenue, aún prístina, suficiente para que la miopía de la infancia no apagase los insulsos deseos de botar algunas letras; permanezco en la tal tina, con temperatura rugiente, con un cigarrillo en la mano izquierda y escuchando de fondo algunos de los discos compactos heredados del padre apátrida y rufián, expulsado del frente “General Ibáñez” por allá en los albores de 1901, cuando a la patria le estaban cercenando su brazo izquierdo, muy gangrenoso por aquella época, más oscuro que el océano que lo silbaba. 

Y lo expulsaron por ¡ladrón!, a él y a su compinche Jacinto, hombre de tés morena y ojos de color carbón, de insignificante estatura y con cicatriz ennegrecida parietal fruto de una pelea a machete en una fondita, sorprendido bailando pretenciosa y libertinamente tango con la mujer del vecino chapetón; aquellos dos, una noche sin estrellas y tomando aguardiente contrabandeado, se adentraron hasta el depósito del cuartel y con tres estopas a la espalda, sustrajeron 25 plátanos maduros, 30 papas, 10 yucas y 9 ñames, más tarde llegaron al pueblo, y después de contratar 5 mujerzuelas se acicalaron entre todos, incluyendo el sexo con la papilla de lo menguado. Robo Inmoral, ese fue el cargo endilgado, uno podría decir que ni siquiera hubo defensa, sin mayor alegoría en menos de lo que canta un gallo tres veces, ambos estuvieron por fuera de las dignísimas fuerzas militares del Estado, sin pesos en el bolsillo y con prurito genital.

Al mismo tiempo que suena una canción que relata la historia de cualquier don, llamado Sinforoso y de su amante masculino juvenil, voy tratando de exhalar el humo con los acordes de la guitarra, me voy moviendo como serpiente en este vientre etílico, como buscando inspiración con las ondas que el cuerpo provoca en este liquido, que ya no es agua, ni fluidos, ni licor, ni ceniza… hay por supuesto otros dos brazos, pero están hundidos y no deseo ver a quien pertenecen, suspendo mi atención por la canción que suena, por las figuritas hechas con el humo del cigarrillo, las maromeras que hago con la mano derecha libre y el periplo de palabras que vienen presentándose sin que lleguen por exceso –y defecto- ha ser escupidas; el estado en el que estoy es comparable con la sintonía entre yo mismo y los puentes cruzados en el pasado, tantos kilómetros recorridos, tantas sabanas abrazadas y pies besados, ahora estoy gravitando, mirando peces azules en el aire, revoloteando en baile, implicando perfección en el movimiento, la soltura es indeleble a este punto; el cuarto frio, alquilado y ajeno adquiere carisma y las paredes se enaltecen ante mi presencia, ante el coito apagado, figurando los ojos caídos y apaciguados, vueltos muertos desde aquel octubre en que miré los rostros de cerca, besé las castañuelas llovidas y quemé los dedos de la muerte.



Me interrumpió María en senda reflexión:

-Ábreme espacio, tengo frio, estoy desnuda y quiero entrar en ti.

-¿En mi? Le dije con sorpresa ficticia, mirándola a los ojos profundamente, como quien trata de influir extrañeza, pero deseando intensamente sus carnes y su cabello mojado.

-En la tina, en ti, en el agua, en el mar, en el falo, en el génesis, a este punto todo es lo mismo.

-¿Cuál punto? Dije yo, atragantado por el miedo a sus dotes.

-El punto en el que tú mismo te sientes solo, en el que cantas mirando el estuche de la guitarra, queriéndole hacer el amor, ondeando la cintura en insinuación mas o menos masculina, cantando las canciones que quisieras se te fuesen ofrecidas, evocando momentos que no has vivido, despreciando el presente, tejiendo futuro en cada halo de droga, soñando con mundos alternos supuestamente perfectos, nunca es suficiente para ti, siempre tu conciencia fabulesca te llevará a pensar que puede haber algo más, más sujetos, más dictadores, más sentimientos, más poesía, más política, más letras, más todo, más tú, o tu otro yo, el que construyes haciendo rimbombantes alegorías de paisajes bucólicos, en los que habitas en estados de ánimo incomprensibles –¡ah! el dragón en los ojos- allá donde hay estatutos morales que te convienen, allá donde el filo de la navaja se desdibuja en tus piernas…..¡ay! te veo sangrar por todo lado, en toda dirección, ahí te veo, observando luces, cada rayito representa otra realidad, un día da una diferente, un segundo por otros estadios de acción, otro cuerpo, otra alma, pero no otra creatividad, pobre de ti, pobres tus ansías, pobre de mi voz cantándole a tus pulmones vacios y ennegrecidos, así en tu cara el alma está revelada, me dice que representas lo que no eres, te mofas de lo que aspiras a ser y recaes siempre en mi brazo, esperando que este siempre ahí, que te levante, que te moldee y apasione…¿lo morderías?

-Por supuesto que no, le dije en voz baja, con un tonito más o menos despectivo que marcaba escepticismo frente a lo dicho, al mismo tiempo que me trasladaba a un espacio de pensamiento en el que uno razona sobre una categoría conceptual, luego intenta uno develar otra subsecuente a ella, y así se van haciendo desagregaciones sucesivas que no siempre están alineadas a la anterior, en cuyo caso se esboza como excusa tonta, que en este tipo de procesos, los planteos que van surgiendo están concatenados de alguna forma, así sea desde su punto común de existencia única en mi pensamiento. En este devenir escalonado, miro a María y está jugando con su cuerpo, no con sus manos, sino con sus pies, haciendo acrobacias lentas o sensuales, se diviniza ante mis ojos y empieza a lucir como un oráculo.



Baila que baila corazón de arrabal, brinca que brinca mujer del corral… canto incesantemente, animando su coreografía maltrecha y excitante, le tiro un brazo para ofrecer mi danzar, ella se rehúsa, ella es a la vez un macho y una mariposa de litoral.





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