miércoles, mayo 06, 2015

LA TORTURA



@Susana Gomez

Tuve una infancia feliz junto a mis padres, que a pesar de la época en que les tocó vivir, eran muy abiertos a todas las novedades.
Durante la escuela secundaria, fui una buena alumna.
Un día, comenzaron a pasar cosas extrañas.
Los chicos no podían usar el pelo largo, no podíamos reunirnos en las esquinas y la policía nos pedía documentos... casi todos los días.
Hasta los profesores cambiaron...
Todo tenía que marchar derechito.
Terminé la escuela secundaria.
Ese verano, conocí a mi único amor.
Era rubio, sus ojos inspiraban ternura.
Parecía un intelectual, ya que su barba y sus anteojos no eran apropiados para su cara, pero... justamente eso era lo que lo hacía tan interesante.
Nos casamos.
Éramos felices.
Sin embargo...
Comencé a notar su ausencia y su falta de atención.
Llegaba más tarde a casa y pasaba largas horas leyendo libros y apuntes sobre política.
Lo hablamos.
No cambió.
Cuando quedé embarazada, todo volvió a la normalidad.
Iba del trabajo a casa, dejó de reunirse con sus amigos.
Quemó todos los libros y apuntes.
Se quedaba días y días encerrado.
Hasta pensé que estaba enfermo.
Una noche, rompieron la puerta de un golpe seco.
Entraron hombres vestidos y armados como para la guerra.
Nos ataron las manos en la espalda, nos encintaron la boca y los ojos.
Nos sacaron de casa.
Lloré, grité, supliqué.
Desde ese instante, comenzó la tortura.
Nos llevaron a una cárcel.
El ruido de las rejas se iba abriendo y cerrando en mis espaldas.
Nos sacaron la cinta de la boca y de los ojos, luego de hacernos jurar que no íbamos a gritar.
Busqué la mirada de mi esposo.
Me pidió perdón.
Ellos insistían en que diera los nombres de sus compañeros, sino le volarían la cabeza.
Volvió a mirarme, volvió a pedirme perdón y con un movimiento rápido, cruel y preciso, logró quitarle el arma a un militar, se la acercó a la boca y disparó.
Su sangre salpicó mi cara.
Cuando desperté, estaba en la enfermería.
Una mujer me dijo que tenía mucha suerte, que un teniente coronel se había apiadado de mí por mi condición de embarazada.
Su esposa era estéril, y le había dado mucha lástima mi situación...
Creí que había terminado la tortura.
Creí que todo había sido una pesadilla.
Pensé en quitarme la vida.
Lloré, grité, supliqué.
Fueron meses de terror y de temor.
Lo único que me sostenía era mi hijo, tenía que soportar por él.
Seguro me dejarían en libertad antes del parto.
No fue así.
Llegó el momento.
Llegaron médicos y enfermeras para atenderme...
Cuando ya los dolores se hicieron insoportables, me comentaron que me iban a dormir para que no sufriera tanto.
Lloré, grité, supliqué.
Mientras la anestesia dejaba de hacerme efecto, escuché al fin el llanto de mi bebé, y también a una enfermera que decía que me iban a decir que había muerto.
Y, por supuesto, se lo iba a llevar el teniente coronel, de regalo a su esposa.
Así fue.
Lloré, grité, supliqué.
La tortura continuaba.
Una noche me dejaron en un campo, en la provincia de Buenos Aires.
Libre.
Muerta en vida.
Un matrimonio de ancianos se hizo cargo de lo que quedaba de mi ser...
Creyeron en mí y prometieron ayudarme.
Pasaron diez años.
El teniente coronel volvió al país con mi hijo.
Decidí acercarme, y al reconocerme, me llevó la policía y me internaron en una clínica.
La tortura no había terminado.
Logré escaparme.
Escondida en un camión llegué al campo.
Busqué a los viejos en vano.
Habían desaparecido.
Seguí sobreviviendo con un dolor que me carcomía el alma.
Lloré, grité, supliqué.
Nadie me escuchaba.
Quince años después, me propuse encontrar a mi hijo.
Contarle la verdad.
Él ya era un hombre y al mirarme a los ojos se verá a sí mismo en mi mirada, nos confundiremos en un gran abrazo y comenzaremos una nueva vida juntos.
Lejos de los torturadores que nos engañaron, que nos separaron.
Llegó el momento.
Me acerqué...
Busqué en su mirada.
Lloré, grité, supliqué.
Gritó...
Alejen a esa mujer!
¡Está loca!
Entonces, con un movimiento, rápido, cruel y preciso, logré quitarle el arma a uno de ellos.
Me la acerqué a la boca y disparé.
Mi sangre salpicó su cara.
Por fin la tortura había llegado a su fin.
Susana Gomez

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