lunes, septiembre 27, 2010

PRINCESA



(*) SUSANA GOMEZ paraMACONDO

Juan atendía un puesto de flores en una esquina céntrica. Desde niño, su imaginación lo transportaba a un castillo, en donde él era un príncipe, y donde algún día llevaría a su princesa.

La rutina, la monotonía, y su anciana madre, no le habían dejado el tiempo suficiente para permitirse pensar en sí mismo.

Ya casi llegando a los cuarenta, se había convertido en un solterón que buscaba incansablemente a su princesa, por todos los rincones de las calles oscuras.

Una mañana de lluvia, de pronto en su corazón salió el sol y por primera vez escuchó el amoroso y sensual canto de las sirenas, cuando por su lado pasó una hermosa mujer.

Tembloroso y sin dudar, tomó un ramo de jazmines y lo puso entre sus manos.

Sus miradas se cruzaron en el universo, y el mundo dejó de girar a sus pies.

Pasaban los días, y ella, con cada ramo de flores se llevaba parte de su corazón; y a cambio le dejaba el brillo de las estrellas de su mirada.

Ni una sola palabra salía de sus labios rojos, que Juan comparaba cada noche con una rosa.

Nadie la conocía, ni sabía nada de ella.

Era todo un misterio.

Un día decidió seguir de cerca sus largos y rápidos pasos.

Sigiloso, logró verla entrar en una vieja casa, en donde según los vecinos vivían desde siempre una anciana con su hijo al que nadie conocía.

Tomó valor. Se animó. Tocó el timbre, escuchó ruidos. Transcurrieron interminables segundos.

Se abrió la puerta y... cuando miró fijo a los ojos a ese hombre frente a él, se mezclaron el brillo de las estrellas con el resto de maquillaje.

El cielo se oscureció en su alma.

Con la cabeza gacha, los ojos y el alma llenos de dolor, descubrió que las uñas de los pies del caballero eran tan rojas como la rosa que se le había caído de las manos.

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