miércoles, octubre 05, 2011

CARTA III


Por Tania Alegria 

Tu silencio es un campo de explosivos
a punto de estallar en mis adentros.

Mientras contengo el susto en sus acequias
me corto el pelo, podo los rosales,
limpio el jardín, reúno los limones
que ruedan por el suelo de verano.

Pongamos –por ponerlo en jeroglíficos–:
mejor me informo
dónde te fuiste a ser tú mismo a solas,
indago de Isabel tu paradero
o me llevo a tu perro de la cuerda
por rastrear tus huellas en el barrio.

(Esquivo los presagios imprudentes).

Releo Yourcenar por encontrarme
con "la pequeña alma errante, blanda"
de Adriano, su imperio sin confines,
su desdicha de amor,
su lenta muerte escrita.

(Habrás ido a Chicago de emergencia
o al campo en vacaciones).

Acabo de firmar nuevo contrato
para editar El Libro de Ismael
que nunca más termino de escribir.

A veces se me ocurre lo peor:
fuiste apurado del discurso al beso
y el corazón no supo acompañarte.

(Me veo transitar La Recoleta
buscando tu apellido en una lápida).

Debo hacer lo que cumple en esos casos:
me meto a peregrina de turismo
y me voy a tomar un té de menta
a Djema-a el Fna en Marrakech.

Tal vez ponga un anuncio en algún quiosco:
se busca a un hombre en el brocal de un sismo
a oriente u occidente de Arenales,
tiene marcas de guerra en el costado,
y adentro lleva un duende
que suele armar un púlpito en su pecho.

(En días, un salvaje que lo habita
inaugura un abismo en cada sombra).

Volverás –como el viento, vuelves siempre–
turbado por la hiriente lucidez
con que cruzas las calles del absurdo.

Entonces te diré: te necesito
para reconducir alguna estrella
que el ritmo desvaríe
en el refrán del cosmos.

(Si cada corazón sabe su límite
el del mío es la palma de tu mano).

Lady in the water. Fotografía de Toni Frissell

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