miércoles, octubre 05, 2011

DEL PODER DE LA PALABRA AMOROSA


Por  Papa Jaime 

Cuando pensamos positivamente y hablamos con amor, todo cambia. Desafortunadamente, por el virus adquirido a lo largo de la vida, no somos ni siquiera capaces de hablar de manera positiva y menos aun de expresar el sentimiento. A veces esperamos momentos grandiosos y muy especiales para decirles a los seres queridos cuánto los amamos, pero tales momentos casi nunca llegan. Por ello quiero proponer algo en apariencia atemorizante, pesimista o quizás irreal, pero fundamental en este proceso: imagina que en este momento suena el teléfono y te dicen que esos seres que tanto amas murieron víctimas de un terrorista. Además del dolor que eso te causaría, profundicemos un poco más en lo que sentirías. Probablemente, los primeros sentimientos serían de dolor por haberlos perdido para siempre, de impotencia por no haber podido evitarlo, y de remordimiento por no haber pasado más tiempo con ellos, escucharlos más y expresarles cuánto los amabas. Quizás sientas remordimiento también por no haberles perdonado sus fallas y equivocaciones.

Si entendemos que todo es simple y expresamos a tiempo a nuestros seres queridos cuánto los amamos, realmente vamos a tener relaciones más armoniosas y llenas de amor. Pero muchas veces, desafortunadamente, sólo cuando nuestros seres queridos entran al quirófano o a cuidados intensivos, o peor aún, cuando ya han muerto, es cuando somos capaces de decir una palabra amorosa.

Muchas personas van todos los domingos al cementerio a visitar a sus seres queridos para llevarles flores, regalos y serenatas, o para sostener con ellos “diálogos” a veces interminables. Además, si por alguna razón no han podido frecuentarlos cada semana, sienten remordimiento. Mi pregunta es: cuando esos seres estaban vivos, ¿cuántas veces les dieron rosas? ¿Cuántas veces les llevaron serenatas o les dedicaron tanto tiempo? Quizás nunca o casi nunca. Vivimos en una época de inconsciencia o de falta de coherencia. ¿De qué sirve toda la tecnología desarrollada para poner un satélite en la luna, o un hombre en Marte, si ni siquiera somos capaces de comunicarnos con nuestros hijos, padres u otros seres queridos? Cada día tenemos casas más cómodas, pero menos hogares; más ciencia y menos paciencia y tolerancia con los demás.
Piensa por un momento en cuáles son las palabras que más escuchaste cuando eras pequeño. Si las analizas una a una, encontrarás que son las responsables directas de todas tus frustraciones, dolores, angustias y temores. Esas cadenas limitantes no te dejan actuar sino que te manipulan con el temor y con innumerables pensamientos de prevención y dudas; nunca te han permitido gozar de paz interior y han sido la causa de que resultados que pudiendo haber sido maravillosos han sido mediocres.

De niños, con toda inocencia y sin perder nunca el asombro, frecuentemente oímos palabras dirigidas a nosotros o a nuestros amigos de infancia, en este tono: “Usted no parece hijo mío, no sirve para nada, parece un idiota, me tiene loco, me desespera, es bruto, ¿por qué no piensa?”. Es muy importante identificarlas, agruparlas, saber de dónde vienen y hacia dónde te están llevando, porque al aceptarlas, identificarlas y abrazarlas sin resistencia podrás transformarlas en palabras llenas de sabiduría que dignifiquen tu vida. ¿Cómo puedes cambiar algo sin saber siquiera qué es? Tienes que llegar a la raíz del dolor, una semilla sembrada en tu mente que ha germinado llenando tu vida de dudas.

Si prestamos atención a una serie continua y permanente de palabras y eventos, provenientes de diferentes fuentes como la televisión, la radio, la prensa y el Internet, entre otras, nos damos cuenta de que estamos recibiendo información netamente negativa, morbosa y destructiva. Pero podemos diseñar unos mecanismos para filtrar toda esa información que perturba la paz interior, nubla el conocimiento, distorsiona la realidad y nos somete a vivir condicionados.

Hace algunos días, mientras almorzaba en un restaurante, se oía a lo lejos el ruido molesto de un televisor que no armonizaba con la tranquilidad del lugar. De repente interrumpieron la transmisión del programa y oí una voz que decía: “¡Exclusivo! ¡Última hora! Tenemos noticias de la masacre en la que seis personas fueron acribilladas, e imágenes exclusivas de nuestro periodista transmitiendo desde el lugar de los hechos”. En ese momento, como si fuéramos ratones de laboratorio, todos interrumpimos nuestra agradable comida para presenciar tan grotesca noticia. Lo que más me impresionó fue que nadie estaba viendo televisión ni le prestaba atención al programa que transmitían un momento antes, pero con solo oír “¡exclusiva, última hora!” la gente se levantó de sus asientos, subió el volumen al televisor y todo empezó a girar alrededor de aquella terrible noticia, mientras nos mostraban imágenes de una de las niñas asesinadas, con su vestido ensangrentado. Entendí que el dolor, el sufrimiento y la desgracia de los otros mueven a la gente y, como podemos corroborar, logran la mayor sintonía. Por eso debemos despertar, tomar conciencia, balancear y filtrar la información con la cual nos bombardean.
No confiemos ingenuamente en toda la información —o desinformación— suministrada a través de la palabra. Cuando ésta es expresada a partir del ego, la manipulación o la fuerza, jamás podrá tener eco en nuestras vidas, si tenemos conciencia de lo que estamos oyendo. Esto me hace recordar un proverbio que vi a la entrada de un monasterio, en las montañas del Tíbet:

Puedes obligar a alguien a comer, pero no puedes obligarlo a sentir hambre; puedes obligar a que te elogien, pero no a sentir admiración; puedes obligar a que te cuenten un secreto, pero no a inspirar confianza; puedes obligar a alguien a acostarse, pero no a dormir; puedes obligar a que te sirvan, pero no a que te amen; puedes obligar a que te hablen, pero no a que te escuchen.

Debes saber hablar para que te escuchen. ¿Alguna vez te has preguntado por qué Dios te dio dos orejas, dos ojos y una sola boca? La respuesta es muy sencilla: para que no hables tanto.
Debes saber escuchar para que te hablen. Cuando alguien llegue a ti con críticas, escucha sólo aquéllas que sean constructivas y aporten algo bueno, pero no hagas caso a chismes, habladurías o palabras que de una forma u otra perturben tu paz interior o la de los otros.
Que tus palabras sean más elocuentes y convincentes que el silencio. Nunca utilices la palabra para comparar o despreciar a los otros. Si no tienes nada constructivo que decir, guarda silencio. Busca lo bueno en las personas y exprésalo con aquellas palabras reconfortantes y de admiración que nunca has dicho porque supones que el otro “ya lo sabe”.

Escucha sólo la voz de tu conciencia. No permitas que te presionen a actuar o a hacer cosas que la voz de tu conciencia te aconseja no hacer; o que te impidan hacer aquello que, bien sabes, debes hacer. Aprende a decir no.
Déjate guiar por las intuiciones, los presentimientos y las percepciones. Son la manera como tu corazón se conecta con tu mente. Por eso, en silencio, escucha con atención. Habla con precaución y actúa con una firme decisión, de acuerdo con lo que tú sientes, y no con lo que sienten los otros.
No importa lo que te hayan dicho a lo largo de tu vida. Lo importante es que hoy tengas conciencia de que todas esas palabras con las que te condicionaron durante toda tu vida, debes transformarlas en palabras liberadoras, constructivas y motivadoras para ti y para los otros. Nutre tu mente en cada despertar con palabras que reconforten tu espíritu y reafirmen tus propósitos y tu misión en la vida.

Toma conciencia de toda la información a que estás expuesto. Genera un filtro para que no entren a tu mente los contenidos negativos, destructivos y corrosivos que recibes a diario por los diferentes medios de comunicación.
Toma conciencia de todo lo que te dices a ti mismo y de lo que dices a los otros. Identifica de qué manera hablas a tus hijos, a tu pareja, a tus padres, a tus amigos, a tus compañeros de trabajo y a todos los que comparten contigo diariamente.



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