domingo, noviembre 06, 2011

ELOGIO DE LA PATADA A TIEMPO




Por Daniel Paredes



Después de mucho pensarlo, decidí compartir con ustedes una... ¿reflexión? Bueno no, esa es una palabra muy elegante, insinúa cierta profundidad de la que me siento incapaz. Digamos, entonces, que es algo que necesito contarles, como quien le confiesa sus desdichas a un amigo, porque es sabido que entre dos se reparte mejor la carga.
Desconozco si en otros países sucederá lo mismo, pero por estas pampas hay ciertos valores, ciertos principios de convivencia que la juventud está perdiendo irremediablemente.

Tal vez todo haya empezado cuando se cambió el "usted" por el "vos", cuando el padre dejó de preguntarle al hijo «¿Se lavó la cara, usted?» y empezó a preguntarle «¿Te lavaste la cara, pokemoncito mío?». Ahora el chico cree que si lo llaman "pokemoncito" u otra insensatez por el estilo, él tiene derecho a contestar cualquier cosa, incluso un «No se me canta, pedazo de viejo travesti».
Desconcertado, el padre intentará recuperar el respeto del único modo que conoce: darle flor de patada. Ya lo tiene, lo ha corrido por toda la casa, y en la cocina lo ha prendido del cuello; la pierna del padre ya retrocedió casi hasta tocarse la nuca y vuelve trazando la feroz parábola que redimirá al pibe de su falta. Pero de golpe, zas: los gritos de la madre, y adiós redención. Que no sea animal, que es una criatura, que los golpes sólo aumentan la rebeldía... Y parece mentira, pero justo en ese momento, por la televisión está hablando una psicóloga, está diciendo que un niño golpeado será un padre golpeador. El zapato retrocede, y aunque titubea al recordar el insulto, al fin se asienta con un tacazo en el suelo.
El pibe sale a la calle. Es ése de ojitos pícaros que usted, señora, ve todos los días en el colectivo, el que no se compadece de sus várices ni de su edad ni de que haya cargado veinte bolsos bajo el sol, el que no le dará el asiento aunque usted se lo suplique de rodillas. Es el mismo que ahora, al abrirse la puerta del colectivo, atropella a todo el mundo para bajar primero. Y ahí va, es aquél que no ayudó nunca a una anciana a cruzar la calle, el que encontró y no devolvió jamás la billetera, el que se burla de los enfermos... Es aquél que está subiendo el puente de la alameda para escupir a la gente que pasa por debajo, es el mismo que dentro de unos años le propondrá a la novia pagar el café a medias. Que ninguna dama espere de este caballero moderno una flor. O un poema. O la palabra "perdón".
Pero... mejor adelantemos la película, y vayamos al futuro, porque quiero,necesito, regalarme un sueño:
Una noche cualquiera, por fin encontraremos a nuestro muchacho hecho hombre y padre, los pies sobre la mesa, el control remoto fluctuando entre dos canales de chimentos. Golpearán a la puerta. «¡Pizzería!», se anunciará el empleado del delivery. Antes de retirarse, el empleado —que si Dios quiere será un muchacho muy joven— lo detendrá con un «¡Espere, señor, me estaba dando un billete de cien en vez de uno de diez!».
Y tal vez allí nuestro hombre se pondrá a reflexionar —con toda la profundidad que la palabra conlleva—, y en medio de la reflexión lo sobresaltará la voz de su hijo: «¿Qué onda, viejo trabuco?». Y, pumba: flor de patada en donde termina la espalda. «Sos un animal», le gritará la esposa. Y él le responderá que sí, que lo es, pero que lo sería un poco menos si su padre le hubiera dado esa patada a tiempo.

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