domingo, agosto 26, 2012

CONCURSO DE BELLEZA






El alboroto cundía por minutos en el corral de los cerdos. Doña Panchita se había dado un largo baño de barro esa mañana y los otros se paseaban nerviosamente para distraer un poco la espera.

Meses antes, el hijo del patrón, un muchacho de catorce años llamado Jorge, se había llevado a casi todos los cerdos adultos muy bien engordados hacia la ciudad. Cuando doña Panchita le preguntó -para dónde iban-, el joven contestó que para un concurso de belleza las hembras, y los machos para ser coronados rey feo, lo que agradó mucho a la cerda, y corrió la noticia por todo el corral.

—Y ¿cuándo nos tocará a nosotros? Preguntó Panchita con ingenuidad.

—Mira, Panchita, deberás irte preparando con tiempo, pues para el concurso sólo admiten a los más gordos y bonitos.

—¿Ah, sí? y ¿cómo me veo yo?

—Tú estarás bien en unos seis meses, por supuesto que eso lo decide mi papá, afirmó el muchacho.

—Entonces tengo tiempo para estar en forma, ¿no? Yo quiero ir y ser coronada reina de la belleza, seré la envidia de todos los corrales. ¿Qué piensas tú, Jorge?

—No me hagas reír, Panchita, ya sabes que eres mi preferida. Yo te encuentro muy bien, sólo que te falta un poquito de gordura. Ya verás cómo cambias en unos cuantos meses.

Desde ese día doña Panchita comentó la noticia y los chismes iban y venían, claro que las otras cerdas se pusieron envidiosas y comenzaron una carrera de comer y comer

para superar a Panchita.

—Ajá, apuesto que habrá pelea en este concurso, dijo una cerda glotona llamada Mimí, que de tanto engordar tenía el hocico casi cubierto por los cachetes. Yo me voy a presentar también. ¡Qué va! Sé que ganaré.

Cuando Jorge llegaba en las mañanas a darles de comer, los cerdos corrían a su encuentro buscando nuevos motivos para hacerle más preguntas.

—Oye, Jorge, ¿quién ganó el año pasado?

—Creo que fue la Periquita, la chancha negro con blanco, se apresuró a contestar el joven.

—¿Quién crees que ganará este año?

—Bueno, ésa es una pregunta difícil, todas ustedes están muy lindas y sabrosas, a lo mejor este año hay un empate.

—¿Qué pasará con nosotros los machos? Preguntó un cerdo negro bigotudo, que pesaba como doscientos kilos.

—Pues ustedes también van a competir y esto se está poniendo interesante, todos se ven muy guapos y enormes.

—¡Ay! ¡Qué bien me veré con mi banda de rey feo! Dijo un cerdo blanco mientras se miraba en un charco.

—Oye, Jorge, y ¿qué pasa después del concurso?, pues nadie ha regresado de la competencia anterior.

—Sí, es cierto, contestó el joven, lo que pasa es que los llevan a pasear alrededor del mundo a los mejores restaurantes y hoteles. Bueno, eso es lo que dice mi papá.

—¡Qué vida!, entonces estoy más interesada en ir, dijo una chancha de color pardo-

gris.

—¿Cuándo estaremos listos, Jorge?

—Yo pienso que en un par de meses. Mi papá vendrá a pesarlos y si tienen los kilos requeridos podrán concursar.

—Doña Panchita, ¿se da cuenta? Parece que todos iremos, estamos bien entraditos en carnes ¿no le parece?, afirmó la cerda glotona.

—Sí, yo pienso que esta vez habrá empate, como dijo Jorge, respondió Panchita acariciando una de sus orejas coquetamente.

Los meses siguieron corriendo y los chanchos engordando felices, hasta que un día llegó el patrón con dos cerdos que había comprado a un vecino.

—¿Quiénes serán ésos?, preguntó la cerda Florentina. Vamos a saludarlos, dijo con curiosidad.

Los cerdos nuevos miraban asustados y con mucha desconfianza mientras estaban en la camioneta, pero después de bajar respiraron con alivio y entraron al corral.

—Buenas tardes, señores, ¿qué les trae por aquí?, preguntó adelantándose el cerdo El Bigotudo que se creía el líder del corral y aparte de ser de mal genio, era muy quisquilloso y testarudo.

—¡Ay, qué alivio!, dijo uno de los recién llegados de nombre El Cafeconleche, pensamos que nos llevarían de vuelta a la fábrica.

—¿De qué fábrica habla usted, es otro corral? Preguntó doña Panchita.

—¡No! Nada de eso, es un lugar siniestro donde faenan a los cerdos y los convierten en cecinas, explicó el otro, llamado El Pimienta, por lo fuerte que olía.

—¡Qué horror! ¿Cómo pueden hacer eso? Exclamó Florentina horrorizada.

—¡Basta de mentiras! Intervino El Bigotudo, con aire de suficiente.

—Por favor, déjenme explicarles, pidió El Cafeconleche, cada año nuestros dueños, escogen a los cerdos más gordos y, después de pesarlos, los llevan a esas famosas fábricas. Nosotros fuimos, pero no nos aceptaron porque no teníamos el peso indicado y nos devolvieron para engordar.

—¡Ajá! ¡Pero a nosotros no!, exclamó El Bigotudo, Jorge es nuestro amigo y confiamos plenamente en él, nos dijo que nosotros iríamos a un concurso de belleza.

—¡Ja, ja, ja! Señoras y señores, ¿quién les contó tamaña mentira?, preguntó El Pimienta. ¿Dónde están los del año pasado?, que yo sepa nadie ha vuelto.

—Lo que pasa señor Cafeconleche, es que después del concurso los llevan a recorrer el mundo y a los mejores hoteles, afirmó Panchita.

—Claro que sí, doña, pero hechos cecinas, rió nuevamente El Pimienta y luego se puso serio al recordar a sus familiares desaparecidos.

—Miren señores, no vengan a asustarnos, mañana hablaremos con Jorge, nuestro patrón, él sabe todo y nunca nos ha mentido, diciendo esto doña Panchita dio por terminada la conversación, tan alterada que no tuvo ganas de comer el resto del día.

Al día siguiente Jorge llegó como de costumbre a darles de comer y los cerdos se abalanzaron a su encuentro cada uno con unas cuantas preguntas, sólo, en el otro extremo, los cerdos nuevos no se movieron.

—Jorge, Jorge, ¿Cómo se llama el lugar del concurso? ¿Es verdad que allí nos matarán? ¿Seremos convertidos en cecinas? ¿Por qué nos has mentido? ¿Qué pasó con nuestros hermanos, qué sabes de ellos? Jorge, dinos la verdad, somos tus amigos ¿no?

—Vamos, vamos, ¿a qué vienen tantas preguntas, no confían en mí? Ya les dije lo que yo sé, no se alarmen, mi padre los llevará a la ciudad, él los cuidará, cálmense por favor, les puede hacer mal.

—Pero Jorge, ¿qué paso con los cerdos anteriores? ¡Aún no regresan!, exclamó angustiada doña Panchita.

—Ya les dije que andan de vacaciones. Calma.

—Sí, claro, pero hechos cecinas, agregó el cerdo Negroconmanchas.

—Miren ustedes, no se alarmen. No se preocupen que nada les pasará, se los prometo, vayan y sigan engordando para el concurso.

Pero los cerdos preocupados no pudieron tragar nada y hasta se les quitó el apetito. El solo pensar que serían convertidos en embutidos les ponía la carne de gallina. Los días subsiguientes, Jorge se encargó de tranquilizarlos prometiéndoles traer noticias de los cerdos anteriores. Así poco a poco se fueron calmando y comenzaron a engordar. Los puercos nuevos se mantenían aislados pues los otros los llamaban embusteros y envidiosos, y decidieron no dirigirles la palabra nunca más. Entonces llegó el anunciado día en que el patrón vino a pesarlos uno por uno. Los únicos que no tuvieron el peso fueron El Pimienta, El Cafeconleche y los cerdos jóvenes, el resto, con amplias sonrisas, subieron al camión. Doña Panchita iba feliz pues había pasado el peso máximo, una maravilla, había dicho el patrón y ella se sintió muy complacida dando una mirada de triunfo a las demás cerdas. Cuando subió al vehículo, vio un letrero en el costado que decía: “Los cerdos más hermosos del país”, lo que la llenó de orgullo, claro que ninguno de ellos leyó el rótulo al frente del camión que decía: “Fábrica embutidora de cecinas para restaurantes y hoteles del país y extranjeros, El CERDO FELIZ.”

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