jueves, enero 19, 2012

LA NOCHE




Por  GARLA KAT  para  MACONDO

El párvulo
Lava sus dientes y juega infantilmente con la crema dentro de su boca… Lo invade el recuerdo de su padre, despliega en su cabecita el último día que lo vio: fue en el auditorio del colegio… Actuaba en la obra de teatro escolar, y el adulto, desde uno de los asientos de atrás, le aportaba ánimo. Montado en ese escenario sentía vencer los miedos junto a su héroe paternal… Caridad, entra al cuarto y lo sorprende en las nebulosas y, con carácter maternal, lo apura, lo conduce hasta la cama y lo cobija para untarle un beso en la frente. Ella se levanta y el párvulo ruega: “Mamá, ¡por favor!, no apagues la luz”. Ella curva los labios en un verso de amor: “Hijito, sólo son unas horas en mi trabajo… Hoy, prometo regresar antes de las 3…”. Se devuelve para robarle afectos…, calorcito para las madrugadoras calles.

En la franja sombría……Contento por la compañía, se relame entre un súper helado de chocolate que saborea entre carcajadas; sin aviso, sale corriendo de la heladería como un loquito y detrás de él se escuchan gritos para que se detenga, pues los vehículos en esa avenida circulan a gran velocidad… El que viene a la zaga lo alcanza y, con sus fuertes manos, lo levanta por detrás como un fideo y, en ese juego, el travieso se resiste perdiendo la batalla. Ya en el semáforo, cruzan la calle…, las pupilas verde mar del chiquillo brotan de sus órbitas al distinguir que un camión no ha parado en el alto y… ¡Plof!... ¡Ummmummmummm!, despierta entre un alarido ¡ayyy! En las pueriles gotas de sudor, advierte que fue sólo una pesadilla y se levanta a buscar un poco de agua: “… Así se curan esas malucas”, le aconsejaba siempre su padre…

Del hado
Ya es media madrugada, flota en las calles el vidrioso viento vestido de oscura capa y sombrero, y avanza lentamente entre las caducas hojas de los encrespados árboles. Mientras, en la iluminada habitación el zumbido de cinco moscas fastidia a Dieguito, trayéndolo a empujones de vuelta al despertar. Como un pulpo boxeador, semidormido, lanza manotazos para todos lados, fracasando en la misión de derribar a esos insectos. Una prófuga risa en el exterior atrae por completo su inocente atención; se levanta y advierte que su madre aún no ha llegado, detalla el gigantesco reloj en el salón: 2:50…, arrastra sus blancos piecitos hasta la sala y ese carcajeo detrás de la puerta se interrumpe para sonar: “¡Toc-toc…!”. En la curiosidad se va a asomar por la ventana, se arrepiente y, presumiendo que es su madre, abre la puerta y, ¡quien llamaba!..., era el destino que venía por él.

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